miércoles, diciembre 9
hoyo o yo
martes, octubre 20
Mangarinas
En mi último viaje a Zurangá oí hablar de una mítica fruta. Tan deliciosa que está reservada sólo para los dioses, quienes la cuidan más recelosos que al fuego. Después de la aventura con Paris, decidieron nunca más dejar las frutas en manos de los mortales.
Nadie ha probado la mangarina, mitad mango mitad mandarina, pero imagine usted aquello y dígame cuánto no daría por un gajito durante el verano tropical. Dicen que sabe a cien mil amaneceres y que sus semillas son tan lindas que nadie quiere enterrarlas. Su sombra es tan fresca que quien se recuesta bajo las ramas corre el riesgo de nunca volver a levantarse. Hubo un día en el que un ocioso quiso poner una de sus hojas entre las páginas de un libro; cuando volvió a abrirlo meses más tarde había una antología de cuentos tan increíbles que hicieron reír y llorar a todos por catorce años seguidos.
De las mangarinas se cuenta todo y se sabe nada. Alguna vez una chica soñó con probarlas. Desde entonces todo le sabe más amargo, ya ni siquiera puede besar a su pareja porque hasta sus labios le parecen ásperos comparados con lo suave que era la pulpa de las mangarinas.
El cura inútilmente sermoneó sobre el riesgo de probar los frutos divinos, porque todos sabían que él también pedía en sus rezos un litro de jugo de mangarinas. El cacique de Zurangá tuvo que prohibir toda conversación sobre la fruta, porque los obreros se negaban a volver al trabajo con tal de seguir hablando de ella. Tras quince años de investigación y pruebas con injertos transgénicos, la Fruitland Corporation anunció su quiebra sin haber logrado más que algo que llamaron mandarango, un triste hueso largo que había que pelar por horas para llegar a una carne fibrosa y ácida.
Al final, el tema de las mangarinas se fue olvidando. Nadie soportaba la frustración de no poder más que fantasear sobre ello. Las ofrendas a los dioses llenas de mandarangos habían sido inútiles y habían terminado con casi todos los cultivos de mandarinas y mangos de la provincia, que entonces empezaban a parecer la mejor resignación.
Por eso anoche, cuando mi hija dibujó una frezana decidí quemar la hoja y la regañé peor que cuando el perro se cagó en mi almohada. La pobre lloró toda la noche y mi esposa cree que enloquecí. Si supiera: llevo todo el día tragando frutas, pero ninguna me sabe a nada. Ni modo, es el precio que se paga. A los primeros inquilinos, una pareja extravagante, los corrieron de aquí por andar probando frutas prohibidas.
jueves, mayo 21
Prohibido tener prisa
domingo, abril 26
Inéd𝐈𝐓𝐎 II
miércoles, marzo 25
Las sombras no pueden hablar
—¡Guardemos este abrazo para siempre!
-Pero los abrazos no pueden guardarse
—Bueno, ¿podemos guardar nuestras sombras?
-Dicen los señores de bata que tampoco se puede.
—Lo bueno es que no somos señores, y tampoco tenemos batas. ¡Aunque no estaría mal tener batas! Armaríamos un batidillo y tomaríamos batidos.
-Mira, nos parecemos a esa roca que me regalaste en primer semestre. Te dije que era mi piedra y me devolviste una nota pidiendo que no fuera determinista y que dejara ser a la roca.
—Es cierto, deja ser a la roca. Y déjame tomarle una foto a nuestras sombras. Y no me dejes de abrazar.