[M83 - We Own The Sky]
Quizá no sé bien bien qué se siente ser joven porque nunca he sido otra cosa. No puedo comparar mi juventud con algo más, ni mirarla con añoranza y melancolía. Siempre he sido joven, siempre he tenido la piel firme y siempre he podido trepar árboles cada vez más alto. Los amigos y amigas que yo he hecho son jóvenes, la mayoría de mis charlas son de jóvenes, mi mente es joven. Los adultos que están ahí han sido adultos siempre. Los viejos han sido viejos siempre. Nuestros padres y madres lo han sido siempre. Yo he sido siempre joven. La maldición de la dulce y energizante juventud, también ha estado allí siempre.
Todo ha sido cuesta arriba, cada vez más; cada vez más alto, cada vez más fuerte, cada vez descubriendo y guardando más. Incluso cada vez más guapo. Todo va mejorando, cada vez desbloqueando más habilidades, como en una especie de videojuego. Cada vez podemos amar más, sentir más, decir más.
Somos jóvenes. Nos impulsa un ímpetu de conquistar sueños y conocer el mundo. Las noches son divertidas y los días son buenos. Nos encanta el aire fresco en la montaña, las estrellas en el cielo y las caricias a escondidas. Nos gusta correr, mojarnos, acelerar, gritar, bailar. Nos gustan las drogas y el sexo porque al día siguiente amanecemos igual de frescos que antes pero con una velada de placer más. Nos gusta la intensidad; todo aquello que nos pone aprueba, que desafía nuestro espíritu de desbordante vida, es bienvenido. Experimentamos todo, tomamos todo, soñamos con todo. Queremos ver hasta dónde llega esta cuesta arriba, porque parece no tener fin. Porque así es la juventud, infinita, eterna. Yo siempre he sido joven. Cada segundo de mi vida, cada instante, cada pensamiento, cada gesto está marcado con la jovialidad de la juventud. Cada vez corro más rápido, cada vez brinco más alto, cada beso es más intenso, cada texto es mejor que el anterior. He sido infinitamente joven en mi existencia.
Para nosotros, el tiempo se desdibuja y difumina en el horizonte, como si fuera otro cuento de esos que nos cuentan los adultos para no cedernos el control del mundo. El tiempo sí corre para nosotros los jóvenes, pero nosotos corremos más rápido. Parece como si en lugar de marcarnos el paso, existiese sólo para archivar memorias y fiestas.
En cambio, la muerte no existe salvo cuando la motocicleta de algún cuate se estampa contra el cajón de un trailero adormilado. Lo lloramos, claro, pero es un infortunio de la vida, una errata de la naturaleza; una anomalía, una transgresión. No es el paraje forzoso al que vamos todo. No es el final infranqueable e inevitable de la pendiente que baja (porque la nuestra sólo sube) sino un tropiezo ocasional. Porque nosotros somos imortalmente jóvenes. Si no fuera por el constante recordatorio de nuestros mayores, creeríamos fielmente que nosotros no estamos destinados a desacelerar; que nuestro único deber es vivir y vivir bien, al máximo.
Y es en este espejismo de infinidad (de fuerza infinita, de belleza infinita, de velocidad infinita) donde nacen las cuestiones de las que seremos víctimas, las ideas que cuando seamos viejos nos atormentarán hasta el único verdadero infinito. Al creernos invencibles, al sentirnos como dioses, al pensarnos enteramente jóvenes... Ilusamente creemos que así es el mundo y que así será la vida. Entonces soñamos con que podemos ser lo que queramos, que podemos salvar el mundo, que vamos a encontrar al amor de nuestras vidas. Imaginamos que algún día en el futuro (pero ningún día exactamente) subiremos el Everest, o iremos a Budapest a vivir la bohemia, o iremos a la Luna, o escribiremos poesía, o conoceremos a McCartney, o haremos ejercicio, o leeremos El Quijote. Nosotros subimos felices y vamos subiendo muy rápido porque el futuro está empañado. Es en esta neblina que cubre la cima que viven nuestros anhelos. Ahí y justo ahí vive la Revolución, ya lo dijo Salvador Allende en su célebre discurso en Guadalajara: "ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica". Ahí también están las historias de Disney, ahí existe la utopía, allí está un cesto repleto de medias naranjas, ahí están los felices por siempre, ahí habitan los besos de las películas y los finales de la series; ahí están las más grandes mansiones y las más bellas casitas, allí están nuestros pensamientos sobre el futuro que formulamos en la ducha. Ahí mismo es donde quienes quieren ser presidentes son presidentes, donde los que quieren ser ricos son ricos, donde los que quieren un premio Nobel tienen dos y donde los que queremos ser libres somos libres. Allí es donde, al no haber (¿más bien 'no ver'?) camino, nosotros construimos millones de sendas y senderos adornadas con sueños y barnizadas de alegrías. Entonces ahí es donde está la terrible maldición de la juventud; porque es también en esa neblina donde exiliamos nuestras ganas de experimentarlo y vivirlo todo hoy, de ahí mismo nace nuestra pereza. Porque tenemos tiempo, porque siempre hay otro día, porque mañana será mejor.
Las arrugas no existen más que en nuestras manos después de estar horas sumergidos en el agua, no son algo cincelado en nuestro rostro para siempre. La cardiología es algo que algún amigo o amiga nuestra estudia y no el lugar donde llevamos un mes internados. La corrupción es nuestra enemiga y no nuestra cómplice. Los bastones son parte de nuestro atuendo de Halloween y no la única forma de salir de la cama. El cáncer es lo que le dio al tío de un amigo y no lo que estamos fumando. La soledad es lo que nos da cuando no tenemos a nadie conectado a las 3am y no el yugo de cada día. Los sueños son universos alternos que visitamos por la noche y no el miedo de ya no salir de uno de ellos. Y así se puede seguir la lista de los embrujos e ilusiones que la juventud nos echa encima.
Entonces... ¿qué se hace?¿Dejamos de fumar?¿Ya no intentamos cambiar el mundo?¿Dejamos la justicia en los libros, como cosa de filosofía vieja e inútil?¿Nos ponemos placas de acero en la columna de una vez?¿renunciamos a querer correr más rápido o a trepar más alto?¿nos hacemos adultos de una vez o ya de plano nos ahorramos la bajada y nos ponemos una piececita de plomo entre los sesos? Si al final el mundo seguirá jodido y la gente seguirá sufriendo y los sueños no son más que jaladas para mantenernos vivos; si al final todos acabamos siendo polvo y el polvo acaba siendo nada, ¿por qué seguir queriendo serlo todo?
Pues ahí yo no sé cual sea su respuesta, pero la mía es simple: porque ahorita somos todo. Que al final no seamos todo no significa que no podemos ser todo. No tenemos porqué dejar de creerlo. Al contrario, entonces, creamos más, creamos más fuerte, corramos más rápido, visitemos más lugares, besemos más personas, amemos más lindo, bailemos hasta más tarde y contemos más estrellas. Comamos más rico y aprendamos más idiomas. Leamos más libros y soñemos más loco. La alternativa que nos queda es volvernos locos y locas. Aprovechemos el delirio mientras dure, subamos montañas mientras tengamos piernas, respiremos mientras tengamos aire, enamorémonos mientras tengamos corazón, armemos la revolución mientras la injusticia nos siga doliendo, seamos infinitos hasta que lleguemos al fin. Si ya nos trajeron a la vida, hay que vivirla chido. Si somos jóvenes, más vale divertirnos y ya nos angustiaremos por la muerte cuando estemos muertos. Si ya tenemos los sueños, soñemos como nunca nadie ha soñado. El tiempo no nos alcanza si no nos detenemos. Mientras no bajemos, seguimos subiendo y subiendo más. Mientras no nos demuestren lo contrario, somos invencibles, somos eternos, somos infinitos. Mientras no seamos viejos, seguiremos siendo jóvenes. Mientras no seamos nada, hay que serlo todo.
Videos recomendados:
-Veritasium,
Our greatest delusion, sobre la eternidad en la que nos percibimos.
-Vsauce,
Juvenoia, sobre la juventud y su papel en empujar y transformar el mundo.
Posdata: dejo una frase que encontré revisando correos electrónicos viejos de hace seis años: "asimilar que nunca se va a poder ser más joven de lo que se es ahora".