El día que ocurrió el fin del mundo, nadie se dio cuenta. Ahora los historiadores tienen muy clara la fecha y se repite en libros y simposios; ni siquiera los más optimistas y contestatarios se atreven a decir que el mundo continúa su curso.
El día del fin del mundo se prendieron cigarrillos, se talaron árboles, se regañó a los niños y se desecaron los pozos. El día del fin del mundo fue igual a cualquier otro día y pasó tan despercibido para todos como fue la caída del Imperio Romano o la toma de Constantinopla para la mayoría de las personas en el mundo de aquel entonces.
El día del fin del mundo cuatro figuras galoparon dando gritos sin que alguien les prestase atención alguna y un asteroide cayó en algún lugar de la Antártida que sólo fue visto por un par de albatros despistados.
Aquel día transcurrió y ninguna de las miles de predicciones acerca del fin de los tiempos acertó. Pasó el día del fin del mundo y los primeros líderes mundiales en enterarse tardaron varios meses hasta que alguno de sus asesores les mencionó el tema.
El día del fin del mundo es el último día que recuerdo.
Recuerdo que el día del fin del mundo murió la abuela. El día que murió la abuela fuimos todos a su casa y recordamos el tronar de su risa, el amor de sus insultos y la sabiduría de sus consejos. El día que murió la abuela, mamá y yo nos abrazamos y nos dimos cuenta que algo había cambiado para siempre.