Nadie creía en la historia del hombre ballena.
Ni siquiera yo como hombre-pez pensaba que tal cosa fuera verdad.
Fue un día 23 de mayo, en la estación del metro Camarones, cuando un hombre llegó casi desmayándose al bebedero. Estuvo allí por media hora, sorbiendo tanto como podía, pero el chisguete que sale en esos bebederos no le era suficiente. El policía de la estación, un buen muchacho de nombre Jonás, se percató de la sed que traía este hombre y acudió a ayudarle. Le explicó que para que saliera un chorro más grande había que picarle tres veces, pero que por el amor de Dios no le chupara de esa manera a la llave porque la gente usaba los bebederos para escupir y dejar basura y la limpieza no era muy exhaustiva que digamos. El hombre siguió el primer consejo de Jonás pero no dijo una sola palabra pues se negaba a despegarse del chorrito. Jonás se retiró pero volvió a los diez minutos.
—Esto no es normal —dijo para sí en voz alta—. Lleva bebiendo agua por más de treinta minutos y no hay cansancio en el mundo que amerite tanto líquido.
Llamó a la jefa de la estación quien, tras contemplar de cerca el asunto, decidió traer el garrafón de la oficina pese a los numerosos reclamos de las taquilleras y los oficinistas. El hombre, a punto del desmayo, se tomó lo que quedaba del garrafón en menos de un minuto. El pobre sudaba más que un futbolista en el desierto.
—Pues la verdad este mayo sí ha estado más caluroso pero no es para tanto —le dijo a la jefa, quién seguía sin creer lo rápido que había fracasado su plan. El hombre había vuelto a aferrarse al bebedero y unos oficinistas bromeaban sobre lo bueno que sería para tomar en las fiestas. Algunos curiosos habían empezado a juntarse alrededor y una mujer-sirena fue la primera en saber lo que allí estaba pasando.
—Éste es un hombre-ballena, tenemos que hacer algo o se nos va a secar.
El comentario provocó todo tipo de reacciones. Unos viejitos se pusieron a discutir de aquella falsa alarma en 1957 de una mujer-ballena en Brasil, dos novios lloraron por el fallecimiento de su pez beta esa misma mañana y un científico despotricó contra semejante estupidez pues su trabajo había demostrado la imposibilidad anatómica de un hombre-ballena.
—Incluso si fuese cierto, no podría haber llegado a la altura de la ciudad de México, sólo las personas-ajolote pueden aguantar este lugar.
Jonás recordó a Keiko y los manatíes de Xochimilco y pensó que aquél tenía algo de razón, pero le pareció que era más arrogante que científico. Jonás y la jefa llamaron a las dos centrales de bomberos más cercanas. Al arribar, el hombre se había acabado los 250 litros del tanque de los bebederos. Le pasaron las mangueras pero no tardó mucho en que llegaran quejas de los vecinos porque estaba escaseando el agua en sus casas. La delegación tuvo que mandar una pipa donde metieron al hombre y decidieron llevarlo a Veracruz. Nadie volvió a saber del hombre-ballena. Lo último que supe del asunto, gracias a la extensa cobertura de las noticias locales, fue que Jonás había sido ascendido a encargado general de bebederos del Sistema de Transporte Colectivo.
Apenas hace una semana, mientras estaba en la isla Clarión, me llegó una botella con un boleto del metro y un par de camarones. En el boleto, dos palabras: "A Jasón". No sé si el hombre-ballena tendrá dislexia, mala memoria o es una invitación a la argonáutica; pero todo me dice que esto es para Jonás. He arreglado una cita con él, para contarle y ver si podemos, por fin, dejar que todo esto se lo lleve la mar.
Ni siquiera yo como hombre-pez pensaba que tal cosa fuera verdad.
Fue un día 23 de mayo, en la estación del metro Camarones, cuando un hombre llegó casi desmayándose al bebedero. Estuvo allí por media hora, sorbiendo tanto como podía, pero el chisguete que sale en esos bebederos no le era suficiente. El policía de la estación, un buen muchacho de nombre Jonás, se percató de la sed que traía este hombre y acudió a ayudarle. Le explicó que para que saliera un chorro más grande había que picarle tres veces, pero que por el amor de Dios no le chupara de esa manera a la llave porque la gente usaba los bebederos para escupir y dejar basura y la limpieza no era muy exhaustiva que digamos. El hombre siguió el primer consejo de Jonás pero no dijo una sola palabra pues se negaba a despegarse del chorrito. Jonás se retiró pero volvió a los diez minutos.
—Esto no es normal —dijo para sí en voz alta—. Lleva bebiendo agua por más de treinta minutos y no hay cansancio en el mundo que amerite tanto líquido.
Llamó a la jefa de la estación quien, tras contemplar de cerca el asunto, decidió traer el garrafón de la oficina pese a los numerosos reclamos de las taquilleras y los oficinistas. El hombre, a punto del desmayo, se tomó lo que quedaba del garrafón en menos de un minuto. El pobre sudaba más que un futbolista en el desierto.
—Pues la verdad este mayo sí ha estado más caluroso pero no es para tanto —le dijo a la jefa, quién seguía sin creer lo rápido que había fracasado su plan. El hombre había vuelto a aferrarse al bebedero y unos oficinistas bromeaban sobre lo bueno que sería para tomar en las fiestas. Algunos curiosos habían empezado a juntarse alrededor y una mujer-sirena fue la primera en saber lo que allí estaba pasando.
—Éste es un hombre-ballena, tenemos que hacer algo o se nos va a secar.
El comentario provocó todo tipo de reacciones. Unos viejitos se pusieron a discutir de aquella falsa alarma en 1957 de una mujer-ballena en Brasil, dos novios lloraron por el fallecimiento de su pez beta esa misma mañana y un científico despotricó contra semejante estupidez pues su trabajo había demostrado la imposibilidad anatómica de un hombre-ballena.
—Incluso si fuese cierto, no podría haber llegado a la altura de la ciudad de México, sólo las personas-ajolote pueden aguantar este lugar.
Jonás recordó a Keiko y los manatíes de Xochimilco y pensó que aquél tenía algo de razón, pero le pareció que era más arrogante que científico. Jonás y la jefa llamaron a las dos centrales de bomberos más cercanas. Al arribar, el hombre se había acabado los 250 litros del tanque de los bebederos. Le pasaron las mangueras pero no tardó mucho en que llegaran quejas de los vecinos porque estaba escaseando el agua en sus casas. La delegación tuvo que mandar una pipa donde metieron al hombre y decidieron llevarlo a Veracruz. Nadie volvió a saber del hombre-ballena. Lo último que supe del asunto, gracias a la extensa cobertura de las noticias locales, fue que Jonás había sido ascendido a encargado general de bebederos del Sistema de Transporte Colectivo.
Apenas hace una semana, mientras estaba en la isla Clarión, me llegó una botella con un boleto del metro y un par de camarones. En el boleto, dos palabras: "A Jasón". No sé si el hombre-ballena tendrá dislexia, mala memoria o es una invitación a la argonáutica; pero todo me dice que esto es para Jonás. He arreglado una cita con él, para contarle y ver si podemos, por fin, dejar que todo esto se lo lleve la mar.