viernes, junio 16

LFLM/29/12/2022

Cuando le dije a mi madre que haría el concurso para ser funcionario, ella lloró desconsolada: “Esos nunca le llaman a sus madres”. Yo traté de calmarla diciéndole que igual no cambiaría mucho, que de todas formas ya casi no hablábamos, lo que la puso aún peor.

Conocí a mi esposa por medio del oficio 1029/2015 y quedé profundamente enamorado cuando leí su dominio de los conectores en respuesta a una solicitud mía. No demoré en hacer de su conocimiento esta su apreciable virtud. Al respecto, replicó dando constancia de mi buen empleo del verbo coadyuvar. Con objeto de dar continuidad a dicho intercambio, y toda vez que era de mi intención escalar mis avanzadas, me permití elogiar la belleza de la dama en comento. Tardó varios días en dar respuesta, no sin antes mencionar mi atrevimiento; no obstante lo anterior, tuvo a bien aceptar mi propuesta de ir por un café. En atención a ello y con fundamento en lo establecido en el acta por la que formalizamos nuestro noviazgo, decidimos que en un plazo no mayor a dos años habríamos de volver a conversar los términos de nuestra relación.
Al tenor de lo antes mencionado, y con la finalidad de dar puntual celebración a lo estimado conveniente, tuvimos a bien realizar nuestra boda en fecha de 12 de abril del año en curso. La del registro civil quedó tan conmovida con nuestro caso, que nos dejó escoger el número de folio y perdonó el comprobante de domicilio mayor a tres meses de uno de los testigos. La mesa de regalos, por supuesto, fue del Office Max.

Mi primera hija solía pedirme que le contara algo por las noches, así que rescaté mi archivero del sótano y antes de dormir le leía mis primeros papeleos, los más viejos incluso tenían el antiguo sello del escudo nacional y sentí algo parecido a la nostalgia. Algunas veces, al terminar, me preguntaba: ¿Eso es un cuento? Yo simplemente respondía: Es cuanto. Al salir de su cuarto, no podía ocultar una pequeña sonrisa. En cada uno de sus cumpleaños le regalé el último informe de gobierno en pasta dura, no sin antes extenderle un cordial saludo.

Cuando el Alcalde me mandó llamar anoche, temía que fuese por aquella vez que escribí mal el nombre de una dependencia y no mandé la fe de erratas. Para mi alivio, el motivo del encuentro era reconocer mi labor en el servicio público. “Eres un hombre que no escatima en el gerundio y quedan pocos que construyan perífrasis como tú”, me dijo. Halagado, sentí que era la oportunidad perfecta para elogiar sus discursos ante el H. Congreso y la redacción de las circulares de su despacho: “No he visto mejores párrafos hilados únicamente con comas”.
Poco antes de despedirme, el Alcalde me pidió de la manera más atenta que me tomase dos semanas de vacaciones, de lo contrario se sentiría ofendido.

Ahora pienso en mis posibles destinos. Siempre he querido conocer las oficinas centrales de Toyota en Tokio, sede de una de las revoluciones de la producción industrial. También podría ir a la biblioteca de Franklin D. Roosevelt, en las afueras de Haviland, donde está el escritorio en el que firmó más de 3,400 órdenes ejecutivas. Otra opción sería visitar el Archivo de la Federación Rusa, un mausoleo dedicado a los expedientes de la burocracia más exquisita, aunque temo que no hablar ruso puede ser un problema.
Pero, si les soy honesto, mi lado más intrépido me susurra que vaya a la Antártida: ese lugar donde hasta las aves usan traje, la frialdad es condición innata y la blancura del paisaje es inalcanzable para cualquier papel Bond. No hace falta decidirlo en este momento, ahora sí que como viene siendo, lo vemos mañana sin falta.